GRACO
Luis Molina Temboury
a mi hijo Jorge
Año 2067. Noche austral
Las Nubes de Magallanes eran dos brillantes manchas blancas en la noche del Río de la Plata. La Cruz del Sur, Orión y su nebulosa, la Vía Láctea, todas las constelaciones competían por brillar más que las demás sobre el negro fondo de la próxima luna nueva.
Jonás había decidido alejarse del bullicio y pasar la noche en silencio, junto al río, en el mismo lugar donde estuviera cincuenta años atrás, cuando saltó la chispa que haría arder y desaparecer de la faz de la tierra todas las desgracias del mundo. En Santa Ana, antigua República Oriental del Uruguay.
Sorprendentemente, la playa estaba tan desierta como entonces. La pequeña aldea a su espalda había crecido considerablemente, pero los lugareños habían preferido festejar el aniversario desplazándose a las grandes ciudades o quedándose en casa ante el televisor.
Unas decenas de kilómetros de agua dulce más allá, Buenos Aires herviría en el fragor de la celebración. Habría gentes de todas partes, americanos del norte o del altiplano, asiáticos chinos, filipinos, tailandeses, coreanos o tibetanos, etíopes, magrebíes, europeos del norte o del mediterráneo. Los nativos de lo que había sido la capital de Argentina probablemente seguirían preguntando a los recién llegados por su país de procedencia como si nada hubiese cambiado. Querrían saber cuál era el motivo que les había empujado hasta allí y comprobarían que aquellos forasteros no venían huyendo de ninguna desgracia. Hacía veinte años que todo el Cono Sur formaba parte de la Confederación Mundial, por lo que, más allá de la irrefrenable curiosidad de los porteños, el origen de cada uno ya no tenía la menor importancia. Sólo importaba el destino, personal y colectivo. Y esa noche se iba a celebrar en todo el mundo y por todo lo alto que cincuenta años atrás un sencillo experimento había transformado para siempre el destino de la humanidad.
Por un momento temió que todo hubiera sido un espejismo, una utopía frustrada más como tantas que habían pasado a ser consideradas productos de la fantasía humana, pero sin posibilidad de aplicación práctica. A su alrededor, nada parecía haber cambiado. El cielo nocturno aparentaba ser el mismo que Jonás disfrutara otro cinco de noviembre cinco décadas antes y probablemente lo era porque qué significaba medio siglo en términos de tiempo cósmico; ni en el atmosférico, que hacía soplar el mismo viento dominante del sur sobre los eucaliptos, batir igualmente las olas sobre el gran estuario de aguas opacas, de idéntico color de chocolate; y sin embargo, en tiempo histórico, el único que los seres humanos podían medir, él único en el que tenía sentido su existencia, ¡tantas cosas habían cambiado! ¡Tantas guerras y sufrimiento habían quedado atrás! De una manera tan fácil y práctica además que parecía imposible que a nadie se le hubiera ocurrido antes…
Cinco de noviembre de 2017
Cuando todo empezó, Jonás sólo tenía dieciocho años. Sentado en la playa de Santa Ana, había conectado su portátil vía satélite con una página de debate por Internet titulada Recetas para un mundo mejor. En los seis años largos que llevaba navegando a diario por la red, había visitado miles de blogs, más como espectador que como cibernauta activo, pero Recetas le tenía completamente atrapado. Todos los días consultaba las nuevas ideas que se volcaban en la página y participaba en los debates con interés creciente. Sobre todo desde que un internauta llamado Graco anunciara el descubrimiento de la fórmula definitiva para enderezar el curso de la historia y cambiar el mundo. Se había dado dos meses de plazo para publicar su propuesta completa en la red, y en ese tiempo había crecido la polémica entre los usuarios del blog sobre si el asunto iba realmente en serio. Eran muchos los bloggers de Recetas que pensaban que se trataba de un vendedor de sentimentalismos baratos, un ex marxista romántico o algún otro pirado más de los que tanto abundaban en la red. Pero el duelista insistía en que lo suyo sería un modelo global, infalible, fácil de entender y de llevar a la práctica, y había desafiado a los bloggers de Recetas a que, una vez desvelada su idea, encontraran algún punto débil en su proyecto.
Esa noche se cumplían los dos meses desde el misterioso anuncio y allí estaba Jonás sobre la arena, recostado sobre su mochila y con el fuego chisporroteando de cenizas su bicicleta. A las veintitrés horas y siete minutos del día 5, la hora prevista para el acontecimiento, la pantalla de su portátil iluminó el esperado texto de Graco. Jonás tenía el presentimiento de que algo importante iba a suceder y efectivamente así fue.
CAMBIAR EL MUNDO
La noche oscura de la humanidad
En 2017 era realmente urgente cambiar el mundo. Por aquel entonces los propietarios de las corporaciones transnacionales de la energía, las comunicaciones, la informática, de la industria de armas o farmacéutica dictaban su ley, que consistía sencillamente en seguir acumulando riquezas y poder. Que nada cambiara si no era para tener más y más, en una desenfrenada e inútil carrera que estaba arrastrando hacia el caos a toda la humanidad. Les acompañaba toda una legión de siniestros colaboradores, arribistas sin escrúpulos que, abiertamente o en la sombra, contribuían al naufragio colectivo. Propietarios de medios masivos de comunicación, especuladores de grandes fortunas, contrabandistas de armas o de drogas y una larga lista de otros multimillonarios cuyo interés particular confluía en uno solo: eliminar al coste que fuera los obstáculos a su ambición.
En la ambición y en la avaricia estaba la clave. El modelo capitalista había conseguido aprovechar el más poderoso motor de los seres humanos, la tendencia a acumular bienes sin medida más allá de sus necesidades, para impulsar en muy breve tiempo un desarrollo acelerado. Gracias a la rápida asimilación del liberalismo económico de Occidente, en superpoblados países asiáticos cientos de millones de personas habían conseguido escapar del círculo de la pobreza. Pero en otros continentes la situación no había cambiado a mejor. Las guerras de las multinacionales por el control de los recursos habían esquilmado a África, que ya sólo era una inmensa cárcel de donde casi todos deseaban escapar. Sudamérica seguía en una imparable escalada a la desigualdad, con cifras macro económicas que engañosamente reflejaban un aumento del bienestar, cuando la inmensa mayoría de su población sobrevivía a duras penas en condiciones miserables. La Unión Europea, desintegrada y depresiva, había dejado de contar en el plano internacional y no acababa de adaptarse a las nuevas reglas imperantes en el mundo. Los ricos cada vez más ricos y los pobres más pobres. Mano de obra barata gracias a los intensos flujos migratorios, facilidades para el despido y trabajadores sumisos que tras sus largas jornadas laborales intentaban consolarse ante las pantallas mediáticas o consumiendo bienes cada vez más innecesarios y absurdos. Alternativa siempre mejor que quedar fuera del sistema engrosando el amplio colectivo de emigrantes desempleados o marginados que vivían, resentidos, de los despojos del Estado del Bienestar.
Hubo una época en que se pensó que los ajustes keynesianos podrían amortiguar los sobresaltos del sistema y contribuir al reparto de la riqueza. De hecho, algunas políticas habían sido muy efectivas durante unas cuantas décadas, pero más adelante la desigualdad se había apropiado del sistema y el sector público había sido reducido por los señores del dinero a un simple instrumento para que quienes quedasen temporalmente marginados de la rueda del consumo pudiesen rápidamente volver a integrarse en ella.
La escasez de los recursos hacía difícil el comercio pacífico, que era sustituido cada vez más frecuentemente por las intervenciones militares. A menudo las grandes corporaciones implicaban a sus países en operaciones bélicas, enviando por delante de sus negocios a los ejércitos para apropiarse de los recursos sin esperar siquiera la orden de los políticos. Después, los sumisos gobiernos intentaban justificar las nuevas guerras ante la opinión pública, aunque los argumentos fuesen cada vez más inverosímiles. Las guerras del petróleo habían radicalizado a los grupos extremistas islámicos y el foco de tensión de Oriente Medio se había extendido hasta el lejano Oriente. Con el terrorismo desbocado, los tiempos de las buenas intenciones y de la diplomacia habían quedado largo tiempo atrás. Había que conseguir los recursos por la fuerza, pues muchas ciudades estaban sufriendo restricciones energéticas, sobre todo en invierno.
Además de las guerras por los recursos, a veces se producían violentas tensiones entre los propios señores del dinero. Como aquella guerra que parecía no acabar nunca promovida por un millonario saudí que consiguió la ventaja estratégica de fusionar su dinero con el islamismo radical. Los discípulos de aquel visionario seguían sus enseñanzas aún después de muerto con la política de alcanzar el poder por el terror, reclutando para ello mercenarios suicidas. Mortíferas marionetas en manos de fanáticos sin escrúpulos que compraban más poder con la sangre de los desesperados. Ni todo el dinero ni los ejércitos de occidente parecían suficientes para derrotar aquella corriente imparable, que se alimentaba con las víctimas y supervivientes de las guerras. Así que los políticos de occidente creyeron necesario adoptar sus mismas armas e intentaron convencer a sus civilizados votantes de que debían convertirse también en militantes religiosos. Los derechos humanos pasaron a ser secundarios. Se hicieron habituales los bombardeos contra poblaciones civiles o los campos de prisioneros donde se torturaba a los sospechosos de colaborar con el terror. Los estados cultivaban un fanatismo religioso y una intolerancia más propios de tiempos feudales, lo que propiciaba nuevas guerras en un mundo superpoblado y militarizado que ya difícilmente las podía soportar.
Hacía varios años que los organismos internacionales eran incapaces de mediar para disminuir la tensión. El multilateralismo ya sólo existía sobre el papel. Desde que desapareció la URSS, EEUU había ido socavando poco a poco aquella práctica anticuada creyendo sacar ventaja en negociaciones a varias bandas. Pero la gran potencia estaba perdiendo su hegemonía por el imparable empuje económico de Oriente y las tensiones crecían, incluso entre sus estados prohijados, que siempre se comparaban celosos con sus vecinos. Aprovechando el río revuelto, quince estados más se habían hecho con armas nucleares en la última década y, como era previsible, la proliferación aumentaba la tensión día a día. Pakistán había amagado dos veces el uso de armas nucleares contra la India, pero Irán, Corea del Norte y Argelia, que habían multiplicado a sus enemigos, seguían siendo los candidatos principales a inaugurar una nueva era de matanzas y venganzas masivas.
Ya no existían las ideologías. No importaba que los gobiernos fuesen de izquierdas o de derechas. A la postre el resultado siempre acababa siendo el mismo: mayor concentración de poder para quienes ya controlaban casi todo. Los partidos políticos de las democracias parlamentarias, donde los cachorros de las multinacionales estaban estratégicamente infiltrados, eran la cantera perfecta de futuros gobernantes y la mejor garantía de que nada cambiase. La mecánica era sencilla de aprender y siempre la misma. Repetir burdos y demagógicos eslóganes de cambio, desbancar a los rivales que habían perdido utilidad para los amos del dinero, acceder al poder y enderezar justo lo necesario para que pudiese continuar sin obstáculos la carrera sin fin de la ambición desmedida.
Nadie dudaba ya que los gobiernos eran títeres de los intereses económicos de las grandes corporaciones. Los políticos gobernantes no eran desde luego lo mejor de la sociedad, los pensadores más honestos, ni los gestores más inteligentes, sino a menudo patéticos monigotes sin criterio de futuro ni poder alguno. Ex-alcohólicos visionarios, talibanes fanáticos, millonarios mediáticos, famosos de famas estúpidas o incluso acólitos del crimen organizado o del terrorismo. Y los escasos gobiernos que sin contacto con las estructuras del poder habían intentado cambiar las cosas de verdad acabaron siempre barridos, pacífica o violentamente, en muy poco tiempo.
Casi todo se podía comprar o vender. Los gobiernos, los ejércitos, incluso la rebeldía, el arte o el amor. Pero, salvo en las mentes estúpidas, la felicidad no era posible. Las riquezas y el poder de los ricos, representantes del ideal de toda la sociedad, no podían evitarles la certeza de ser los protagonistas del proceso de destrucción de la humanidad, que cada día se confirmaba más en lo inevitable. Los integrantes de las clases medias, dóciles y manejables consumidores que alimentaban la maquinaria inconsciente del hundimiento colectivo, también arrastraban su culpa. Cómplices del despilfarro y de las guerras de la energía; impotentes para cambiar el sistema con la sola herramienta de su voto y conscientes de que era prácticamente imposible rebelarse contra la dictadura del dinero revestida de democracia formal. Ya no existía alternativa. Si la democracia era inútil para cambiar el mundo, también habían demostrado serlo las dictaduras comunistas. Las gentes de China, entregadas con furor al sistema global y ahora principales protagonistas de la aceleración económica hacia el desastre colectivo, lo sabían muy bien. Por último, tras las clases medias emergentes, una gran proporción de seres humanos que malvivían en la miseria y que por tanto no contaban para el sistema. Ajenos a la sociedad de consumo, sólo podían aspirar a vencer las peligrosas fronteras de la emigración ilegal o a compartir las migajas de la caridad del primer mundo.
Y como más claro indicio del próximo final, el coste atroz de la destrucción del medio. Los bosques y sus especies habían sido arrasados. El calentamiento de la Tierra por el efecto invernadero estaba provocando el deshielo acelerado del Ártico y la menor cantidad de energía solar reflejada por el hielo provocaba un mayor calentamiento, cerrando un círculo vicioso que según los científicos había traspasado el punto sin retorno. El nivel de los océanos subiría más y más amenazando a las ciudades costeras con nuevos desastres. Los intentos de actuar colectivamente sobre el clima habían sido abandonados y los fenómenos naturales, cada día menos naturales, provocaban pavorosas noticias de destrucción. Todos los meses miles, a veces cientos de miles de personas, morían como consecuencia del cambio climático, sumándose a las víctimas de las guerras y la contaminación. Casi todas ellas en países pobres, hambrientos que conseguían en un instante la paz que nunca podrían obtener en la tierra. Pero ni siquiera las superpotencias parecían inmunes a los tornados, ciclones, terremotos, sequías persistentes o lluvias torrenciales.
Como consecuencia del calentamiento global, de la devastación de la naturaleza, de los últimos ensayos nucleares subterráneos y, como dijeron algunos científicos, de la mala suerte tectónica, en EEUU se produjo el mayor cataclismo que jamás había conocido la humanidad, la explosión del parque Yellowstone en septiembre de 2015, que acabó en pocas horas con la vida de 230.000 personas y cuya nube de polvo y humo oscureció gran parte del planeta durante más de dos meses, multiplicando el número de muertos y afectados. El enorme caldero de magma volcánico adelantó cientos de miles de años sus explosiones cíclicas, ofreciendo anticipadamente a los humanos del siglo XXI el espectáculo infernal que ellos mismos habían conseguido desatar. Las especies del mundo estaban sufriendo una nueva gran extinción, tal vez la última e inexorable, salvo que los humanos se extinguieran antes de acabar con todas las demás especies. Todavía había esperanza. Para unos o para otros.
Los científicos llevaban años advirtiendo de otra grave amenaza, el desarrollo descontrolado de la biotecnología, pero el mundo estaba demasiado ocupado con la destrucción provocada por las guerras, la proliferación nuclear, la contaminación y el cambio climático como para preocuparse por algo que todavía no había llegado a ocurrir. Sin embargo, cada día aumentaba la probabilidad de que alguno de los laboratorios financiados por millonarios sin escrúpulos, que luchaban por conseguir nuevas parcelas de poder o por aniquilar a sus rivales, alumbrasen alguna terrible enfermedad de laboratorio cuya propagación fuese imparable.
La cadena de violencia y destrucción se alimentaba aceleradamente a sí misma, por lo que nadie apostaba por que las cosas pudieran mejorar. Todos los diagnósticos eran pesimistas: el mundo no sólo no tenía arreglo, sino que su deriva hacia la destrucción constituía un rumbo predestinado, prácticamente en piloto automático, sin capacidad de enderezarlo. Y por más que constantemente se convocaban encuentros y reuniones internacionales, incluso en las desprestigiadas Naciones Unidas, las soluciones y propuestas eran meramente retóricas, sin que ni sus proponentes se las creyeran. De un modo mucho más dinámico y ágil, también en Internet se abrían constantemente foros y blogs que ofrecían exactos y sombríos diagnósticos, pero ninguna solución viable. Recetas para un mundo mejor, al menos, apostaba con lenguaje directo y sencillo por estas últimas y muchos internautas jóvenes, como Jonás, se habían enganchado a él, aunque hasta entonces las “recetas” venían limitándose a parches y remedios parciales, incapaces de enfrentar el problema globalmente. El anuncio de Graco de haber encontrado una solución rápida y definitiva a los problemas mundiales produjo una cierta conmoción, pero también mucho escepticismo. Sólo las primeras pistas que fue ofreciendo y su lógica elemental e implacable fueron atrayendo a más y más internautas a su blog, en espera de que enunciase la propuesta completa. Y aún así, no fueron muchos, apenas unas decenas de miles –sin que ningún político o empresario importante se contara entre ellos- los que aquella noche decisiva, en los cinco continentes, se sentaron junto a la pantalla de sus ordenadores.
Jonás, de vacaciones en Santa Ana, tuvo que alejarse de la casa donde su familia veraneaba para aislarse de los banales programas de entretenimiento a la carta que sus padres y hermanos seguían vía satélite junto a muchos millones de telespectadores. Un producto más de evasión como tantos con los que la humanidad anestesiaba por entonces la mala conciencia causada por las hambrunas y las guerras. Él, en cambio, era aún muy joven para sentirse responsable y si no la esperanza, conservaba la curiosidad. Aunque desde luego nada a su alrededor animase al optimismo.
En la playa de Santa Ana, aguardando la fórmula del cibernauta Graco para salvar al mundo, Jonás pensó que los seres humanos eran como ratones flotando sobre el tronco de un árbol en medio del Río de la Plata. Perdiendo la vista de la costa poco a poco y con la única perspectiva de ser engullidos por el mar.
Graco
Graco, el misterioso internauta, expuso a las veintitrés horas y siete minutos del 5 de noviembre de 2017 en el blog de Recetas para un mundo mejor la frase que venía a resumir su propuesta de solución:
“Quienes quieran participar en la construcción del nuevo mundo deberán firmar el compromiso de no superar un patrimonio personal de un millón de dólares”.
A la inversa, quedarían excluidos de contacto alguno con el proyecto quienes no asumieran ese compromiso. Graco explicó que aquella condición de partida -indiferente para la gran mayoría de la humanidad que no soñaría con tener un patrimonio semejante ni en mil años de vida-, sería el pilar fundamental de la transformación del planeta.
Tras aquella simple condición de renunciar a la superabundancia, Graco expuso la finalidad del proyecto. Todo lo que los seres humanos podrían desear: acabar con las guerras y la pobreza, conseguir un mundo en equilibrio humano y natural, sin conflictos ni violencia, en paz y libertad. Y para llegar a ese objetivo, las mejores herramientas: la democracia, el respeto al medio ambiente y a los derechos humanos.
¡Así que el tan cacareado proyecto de cambio en el mundo se reducía sencillamente a autolimitarse la riqueza hasta un millón de dólares! En aquella orilla del Río de la Plata, a Jonás le vino entonces a la cabeza una película de quince años atrás que él había visto recientemente, Million dollar baby. Su protagonista luchaba con uñas y dientes por alcanzar un título de boxeo, pero terminaba derrotada y destruida, luchando por conseguir la muerte con más coraje aún del que había empleado para intentar realizar sus sueños. Sin miedo a la vida, pero también sin miedo a la muerte. La única forma de terminar venciendo las dificultades en plena libertad. Aunque para un muchacho de dieciocho años, como Jonás, por más que sus padres tuviesen ingresos medio altos, un millón de dólares era una poco excitante y prosaica abstracción que difícilmente podía estimular su entusiasmo. A esa edad, renunciar a ganar en un futuro más de un millón de dólares era perfectamente firmable, pero en lo que se sueña realmente es con mundos de verdad perfectos, en revoluciones y cambios radicales de un perfil mucho más romántico.
Los autores de la propuesta Graco, en cambio - porque Graco resultó no ser una persona, sino un grupo de cibernautas de distintas partes del mundo que se comunicaban vía Internet-, eran todos adultos maduros, en su mayor parte sociólogos y economistas que habían vivido el fracaso de muchas utopías hasta acabar optando por una vía genuinamente práctica. Y a pesar de ello, siempre fueron conscientes del alcance revolucionario de lo que proponían, como reflejaba la denominación del colectivo, en homenaje a los hermanos Tiberio Sempronio Graco y Cayo Sempronio Graco, los dos senadores que siglo y medio antes de Cristo alentaron medidas para limitar la ambición de los poderosos en la antigua Roma. Como tantas otras veces a lo largo de la historia, aquellos dos molestos activistas fueron eliminados para que todo siguiera igual. Pero casi dos mil doscientos años después, su idea volvía a renacer, aunque los medios a emplear fuesen muy diferentes. Esta vez no se intentaría modificar las leyes en el senado de los poderosos ni se obligaría a nadie a renunciar a parte de su fortuna. La limitación de la riqueza personal sería una opción libre y voluntaria que se registraría mediante un contrato a través de Internet.
Exterminar a los altruistas sublevados, como en tiempos de los hermanos Graco, no sería ahora tan fácil. Mientras existiese la red, funcionando al margen de los gobiernos y ofreciendo la posibilidad de aislarse del poder económico, cualquier cibernauta podía ser Graco, más que unos personajes históricos una idea que rápidamente podría propagarse por todo el mundo.
La primera noche sólo se recibieron un centenar de adhesiones. Dos semanas después ya eran mil adherentes, entre ellos Jonás y, lo más importante, sus padres, a quienes, pese a su abotargamiento, había logrado despegar de la pantalla para que se interesasen por el proyecto. Se trataba de respuestas informales que aún no implicaban un compromiso en firme, pero que tuvieron gran importancia simbólica. En las semanas y meses siguientes, estimulados por aquellas primeras respuestas a una receta tan sorprendentemente sencilla para cambiar el mundo, los Graconautas comenzaron a ofrecer más detalles, volcando en la red la filosofía y el mecanismo de funcionamiento de su propuesta.
El pensamiento Graco
Según la visión del mundo de Graco, en el plano físico la humanidad era un solo organismo enfermo de gravedad porque el cáncer de la ambición había hecho metástasis. Para agravar la situación, la enfermedad de los humanos había saltado en forma de infección al resto de las especies. La única posibilidad de detener la propagación de la enfermedad sería utilizar las vías no contaminadas de la red de Internet, como si fueran el torrente sanguíneo o las terminaciones nerviosas, para atacarla hasta el último rincón del cuerpo planetario. Todas las células sanas debían ponerse en contacto para hacer frente y aislar a las células cancerosas.
Para Graco, el miedo a la muerte que había anidado en el subconsciente del homo sapiens y se había grabado en sus genes, bajo la creencia irracional de que si conseguía acumular riquezas podría conseguir evitarla, era el desencadenante de todos los problemas. Sólo la especie humana entre todas las demás era capaz de tomar conciencia del hecho inexorable de la muerte, pero ese descubrimiento le había provocado una terrible angustia individual y le había empujado a lo largo de la historia a cultivar sus instintos más primarios en la absurda pretensión de poder evitarla. Como si el disponer de bienes para gastar en mil años hiciese posible prolongar la vida hasta entonces. La ambición había sido siempre el motor de las sociedades, desde las grandes civilizaciones del pasado hasta las democracias parlamentarias del siglo veinte. Otros instintos primarios habían jugado un importante papel social a lo largo de la Historia, pero no se construyeron imperios duraderos fundados sobre el impulso sexual, la violencia o la religiosidad. Sin embargo, la ambición podía sacar partido de los demás instintos multiplicando sus propios efectos. Por eso seguía siendo el más exitoso lubricante de las organizaciones humanas. El problema era que el motor engrasado de ambición tendía con el tiempo a acelerarse demasiado y siempre acababa por colapsarse. A lo largo de la historia uno tras otro todos los sistemas económicos habían ido cayendo y el último también tocaba a su fin.
El miedo irracional y el instinto de agresión, respuestas de la mente frente al recuerdo inconsciente de un medio hostil, respondían también a comportamientos grabados de muy antiguo en los genes, pero no había por qué resignarse pasivamente a esa carga histórica. Los seres humanos eran también entes culturales por naturaleza y ello les daba la posibilidad de domar sus disposiciones innatas una vez detectadas y conocidas sus causas. Desde Platón, que había diagnosticado que la pasión era particularmente revoltosa y necesitada de sujeción por parte de la razón, hasta Freud, que destacaba la primacía de la razón sobre los impulsos instintivos, la teoría había quedado suficientemente explicada, pero cómo llevarla a la práctica colectiva parecía ser algo mucho más difícil. El experimento Graco quería demostrar que un compromiso cultural voluntario, basado en el altruismo, podía someter a los instintos primarios y cambiar la estructura social siempre que todos los seres humanos se pusieran previamente de acuerdo. Tal acuerdo debía seguir un principio básico de la etología, según el cual los grupos humanos entendían el ejercicio del altruismo no tanto como el impulso de premiar al solidario y desinteresado, sino sobre todo como el deseo de castigar al que no lo fuera. Por ello, el experimento Graco garantizaría la marginación y exclusión de quienes no quisieran renunciar a la ambición desmedida. Si no se aislaba a los ambiciosos, si se admitieran excepciones, el mundo seguiría siendo igual. Los humanos se compararían siempre con los demás y querrían ser más que ellos. La competencia por la inteligencia, por el trabajo o por la bondad podría reportar beneficios a todos, pero si era la ambición o el poder lo que se dejara a la libre competencia, el efecto siempre sería más violencia y destrucción.
Para conseguir la tan revolucionaria transformación mundial no sería necesario aplicar medidas drásticas ni radicales. El modelo liberal capitalista imperante en el mundo seguiría siendo el mismo, aunque terminaría por hacerse irreconocible una vez operase la mutación. Graco creía que las democracias parlamentarias del capitalismo respondían mejor que cualquier otro sistema a las aspiraciones individuales y al innato deseo de cambio de toda la especie humana. Libertad económica, propiedad privada, derechos civiles y progreso cultural eran grandes conquistas colectivas. Pero Graco entendía que sin una restricción generalizada del patrimonio personal el sistema sólo podía colapsar, porque tolerar la ambición ilimitada implicaba dar prioridad a la acumulación del capital y suponía el inasumible coste colectivo de la sobreexplotación del planeta. Era pueril pensar que un modelo de ambición sin restricciones podría llevar al equilibrio y a la estabilidad.
La filosofía de Graco compartía la visión del materialismo histórico de Marx y Engels en cuanto a la necesidad de actuar para cambiar el mundo. La historia había enseñado hasta la extenuación que el ser humano era un esclavo del modelo económico y que este no era en absoluto un reflejo de las ideas del hombre sino justo al revés. Por tanto, sólo la acción colectiva coordinada podría adaptar el modelo a las ideas. Pero la propuesta de Graco, a diferencia del tratado filosófico sobre la superación del capitalismo de Marx, quedaba reducida a cumplir un simple compromiso personal y voluntario. Sin tan siquiera pretender acabar con las reglas de juego del capitalismo, se confiaba en dar paso a un nuevo sistema verdaderamente revolucionario.
Graco explicó que su proyecto no pretendía impartir justicia social sino enderezar el curso de la historia. Los anteriores intentos de cambiar el mundo construyendo sociedades igualitarias habían sido un rotundo fracaso porque los ideales siempre acababan siendo traicionados y manipulados por una minoría para su propia ambición. El nuevo proyecto prescindiría de las vanguardias y dejaría en total libertad al individuo, ofreciéndole la posibilidad de acabar con el sufrimiento de los demás en un acto altruista de renuncia y solidaridad. El gran motor del cambio sería la unión conjunta de los marginados del sistema, que poco podían hacer más que dar su apoyo democrático al proyecto, con los intelectuales y profesionales de las clases medias, estos sí bien situados y suficientemente poderosos por su experiencia y conocimientos como para poder hacer frente a los oligarcas del capitalismo. Pero nunca más el pueblo sería traicionado por las élites en el poder. A través de Internet, haría suya la democracia sin necesidad de intermediarios.
Según Graco, el camino hacia la autodestrucción de la especie humana estaba siendo impulsado por un grupo minoritario que, por su perfil psicológico, encajaba mejor en el sistema imperante de conseguir riquezas ilimitadas y por ello había conseguido someter a todos los demás. Los investigadores de la psicología del comportamiento habían definido nueve tipos distintos de personalidad que, aunque modificables por la experiencia y el trabajo consciente, marcaban fuertemente la actitud de los individuos ante el mundo. De entre los nueve inconfundibles tipos, algunos estaban especialmente dotados para sobresalir en un sistema de ambición desmedida. Los jefes, que por su naturaleza ansiaban tener el control y concebían el mundo como un lugar de lucha donde sólo los fuertes podían sobrevivir, y su brazo armado, los ejecutores, aquellos que se redimían por el trabajo, amantes de la imagen y del lujo, que nunca cuestionarían un modelo social que favorecía sus inclinaciones. Estos dos grupos habían secuestrado el poder acaparando los recursos de la tierra y controlando la política y los ejércitos. Los otros perfiles psicológicos, los soñadores, los sumisos, los temerosos, los desprendidos, los románticos, los observadores o los meditadores del mundo, tenían otros intereses distintos a acumular sin medida, o al menos esa aspiración nunca llegaba a ser el motor de su existencia. Esos grupos componían una fuerza mayoritaria contra el sistema pero no podían cambiarlo. Por eso el estado del mundo resultaba insoportable para la gran mayoría de la gente, que coincidía en la crítica a las guerras, la corrupción, el fanatismo o la destrucción del medio ambiente, pero que no podían hacer gran cosa frente a los señores del dinero, jefes y ejecutores, que tenían una visión cínica y fatalista del destino, convencidos de que apropiarse de todo y dominar a los demás era la única e inevitable aspiración natural de cualquier ser humano. Para Graco, los dos grupos minoritarios dominantes no eran la encarnación del mal, ni los otros siete grupos la del bien. Los caracteres humanos, los distintos tipos de personalidad, habían sido forjados por los genes y las vivencias tempranas; no tenía sentido juzgarlos con criterios morales. Cualquier imperfecto ser humano del perfil que fuera podía, a través del conocimiento de sí mismo, romper los moldes de la estrecha y condicionada visión de su personalidad y conseguir trascender hacia su naturaleza superior. Pero en la situación de dominio de unos determinados grupos sobre otros la potencialidad de la mayoría, que no tenía posibilidad de influir para enderezar el rumbo del sistema, estaba siendo desperdiciada.
El predominio de dos determinados caracteres sobre los otros siete, no era la única clave que explicaba los conflictos enquistados en el mundo. La diferenciación, ya fuese por nacionalidad, religión, nivel económico o color de piel, había sido un instrumento perfecto de la minoría instalada en el poder para perpetuarse en él. Bastaba con cultivar el orgullo de ser el pueblo elegido de dios, de haber nacido en una determinada región o de ser más blanco, más rico o más alto para conseguir desviar hacia “los otros” la propia responsabilidad en cualquier situación de injusticia. El conflicto de Oriente Medio, que había llegado a un callejón sin salida, era un buen ejemplo de los efectos de la irreconciliable división entre las comunidades. Los judíos, muchos de ellos convertidos en triunfantes jefes o ejecutores del sistema global, trabajaban al servicio exclusivo de su pueblo sin importarles la crítica situación de sus vecinos musulmanes. Y estos, educados en las pujantes medersas donde se cultivaba el odio y el rencor hacia los judíos, no cuestionaban nunca a sus dirigentes a pesar de soportar una jerarquía dictatorial y un pensamiento excluyente. Como vencedores de aquel eterno conflicto, los dos grupos opuestos instalados en el poder que conseguían perpetuar su ambición desviando la responsabilidad de cualquier problema sobre el otro bando en su conjunto. Frente a aquella aldeana compartimentación de las ideas que pretendía vencer a la muerte matando al otro, a los otros, Graco proclamaba la universalidad, el único espacio donde podría encontrarse la razón de los hombres.
Cuando se cumpliera el proyecto Graco y dejara de ser posible el ejercicio de la ambición desmedida, los colectivos antes marginados ocuparían su lugar para impulsar el cambio. Habría llegado el momento de los poetas, los actores, los pintores, los maestros, los investigadores libres, los defensores del altruismo y la justicia. Una nueva era del ciudadano tranquilo, en paz con los demás, tolerante y solidario, amante del amor, despegaría con fuerza. Y sobre todo se alumbraría una nueva esperanza para los jóvenes como Jonás que por fin empezaban a descubrir el idealismo latente en un proyecto que habían juzgado excesivamente economicista; y también para las mujeres, siempre postergadas frente a los dos grupos que se habían apropiado hasta entonces del poder. El Yang, la ambición, la agresión, el deseo, la negación de la muerte, predominante en todas las organizaciones sociales a lo largo de la historia, se equilibraría por fin con el Yin, el aspecto femenino, la belleza de la sabiduría, la meditación y el conocimiento profundo. La política, siempre actuando bajo el principio de la ambición, dejaría paso a la poesía y al deseo de comprender el Universo.
Graco vertió en la red muchas reflexiones en la línea de un pensamiento racionalista y experimental, pero dejó bien claro que no pretendía que nadie compartiese sus ideas. Cualquiera podía cuestionar sus argumentos, incluso negarlos por completo. Eso no importaría siempre que siguiese adelante el proyecto práctico en contra de la riqueza extrema. Si el experimento funcionaba y se acababa con las guerras y la pobreza, poco importaría reconocer cuáles habían sido los verdaderos motores del cambio. El proyecto Graco no era más que un programa de acción coordinada en el límite de la desesperación humana para intentar evitar el fin del mundo. Ocurriese lo que ocurriese, no había mucho que perder.
La nueva política
Se necesitaría una nueva organización a escala planetaria que pudiese asumir los tres retos que enfrentaba la humanidad: controlar la biotecnología, acabar con la amenaza nuclear y revertir el cambio climático. Pero tal organización no podría estar en manos de los Estados, secuestrados por el poder económico, ni de las organizaciones multilaterales creadas y controladas por ellos mismos. La nueva organización que gestionase el cambio en el mundo, el “Registro Graco”, debía estar en manos de los ciudadanos, y ser lo suficientemente poderosa como para poder hacer frente a las multinacionales manteniendo frente a ellas un comportamiento ético intachable.
Ya no bastaban las adhesiones genéricas y espontáneas. El plan entraba en una nueva fase y todos lo que se inscribieran en el Registro Graco debían firmar dos grandes compromisos, con la especie humana y con el planeta, que contenían a su vez normas o principios fundamentales que parecían incuestionables y, por tanto, plenamente asumibles, pero que pocas veces se habían respetado de verdad a lo largo de la Historia.
Respetar el medio ambiente y revertir el cambio climático. Introducir un nuevo modelo energético basado en energías limpias. Acabar gradualmente con la era de los combustibles fósiles eliminando sucesivamente el carbón, el fuel oil y sus derivados, las gasolinas y el gas natural. Extender el uso de las energías renovables y desarrollar en el menor tiempo posible la energía de fusión. Implantar un modelo de cero emisiones contaminantes. Fomentar la agricultura ecológica. Reforestar y recuperar los ecosistemas autóctonos. Devolver al equilibrio al resto de las especies tratando de garantizar su supervivencia. Desmantelar las más graves agresiones al medio ambiente para recuperar los ecosistemas naturales.
Solidaridad con todos los habitantes de la Tierra. Asignar prioritariamente todos los recursos a combatir la pobreza y acabar con ella para siempre en un mundo sin fronteras interiores. Cumplir estrictamente con los derechos humanos. Fomentar el comercio justo. Conseguir la entrega de los ejércitos a NNUU para el desarme global. Reconvertir las fábricas de armamento para desarrollar nuevas tecnologías. Acabar con cualquier tipo de dominio de unos seres humanos sobre otros, con la explotación religiosa o el control de las conciencias. Evitar los mecanismos de represión fomentando la educación y el diálogo. Amparar y proteger a los débiles y a las minorías. Fomentar la no-violencia y el respeto en todas las fases de la educación y de la vida.
En los debates que se abrieron en la red para fijar aquellos principios éticos, Graco logró incluir dos últimas condiciones menos previsibles, convenciendo a los internautas que quisieron participar en su elaboración de que su cumplimiento sería importante de cara al futuro: tratar de entender el sentido de la existencia y compartir el crecimiento y la sabiduría con toda la humanidad.
Más allá de las ideas, Graco formuló también dos recomendaciones prácticas. La primera, contrarrestar firmemente cualquier intento de censurar Internet. Ya se habían detectado algunos que, con la excusa de combatir la delincuencia, pretendían la aprobación de leyes que autorizasen a los gobiernos a bloquear páginas de Internet sin la necesaria autorización judicial. Si tales previsibles ataques se produjesen, los ciudadanos deberían convertirse en objetores activos frente a sus gobernantes oponiéndose sistemáticamente a cumplir ninguna de sus leyes hasta conseguir de nuevo la libertad de opinión en la red.
Y la última recomendación práctica, que cuando comenzase el movimiento por el cambio no se intentaran conciliar los intereses de los dos grupos en que irremediablemente quedaría dividida la sociedad, los firmantes y los no firmantes del compromiso de no superar el millón de dólares. Al contrario, habría que procurar que los no firmantes no pudiesen disfrutar de libertad alguna. Marginarlos sin piedad. Ejercer la democracia sin contemplaciones, declarar la guerra a la resistencia a la limitación de la ambición y obligar a los aspirantes a oligarcas a rendirse. Ninguno de ellos podría participar en iniciativa alguna de los Graco hasta que no renunciaran a la ambición desmedida. Si los reluctantes fuesen empresarios, se promovería y mantendría el boicot activo a todos los productos o servicios de sus empresas. Si fuesen políticos, no deberían recibir un solo voto. Y cuando los firmantes del compromiso tomasen más y más parcelas de poder intensificarían su cruzada beligerante contra los no firmantes, modificando leyes, aislándoles de las estructuras de poder. Consejos de administración de empresas, gobiernos, parlamentos, administración pública u organismos multilaterales, en ningún sitio podría haber el más mínimo contacto ni concesión con los no firmantes del compromiso.
Graco creía que a la larga el conflicto se minimizaría. Si se mantenía un muro infranqueable entre los dos bandos, el de los ambiciosos terminaría por desaparecer, voluntaria o forzadamente. Ningún iluso millonario, por grande que fuera su fortuna, podría desafiar en democracia a la inmensa mayoría con el argumento de defender su ambición personal a costa de la destrucción del planeta. Además de los grandes propietarios, también debían ser aislados sus colaboradores necesarios que, sedientos de poder, garantizaban el orden establecido. El deseo de sojuzgar a los demás y conseguir más poder era propio de delincuentes y como tales debían ser tratados. Los presidentes, vicepresidentes o primeros ministros, todos los políticos y gobernantes eran delincuentes, porque ¿quién que no fuese un delincuente desearía tener poder?
El Registro Graco y el Asignador
El embrión del proyecto Graco había sido un blog de discusión sobre las posibilidades de acabar definitivamente con las guerras que asolaban al planeta. Sus fundadores, no más de una docena repartidos por los cinco continentes, eran todos, pese a la distancia, viejos conocidos con amplia experiencia como integrantes de los numerosos think tanks que inútilmente iban creando unos Gobiernos y otros sin que sus soluciones se aplicasen. Compartían todos un desengaño radical frente a los políticos y las grandes corporaciones y buscaban por ello una fórmula que lograra quedarse fuera de la inmensa capacidad de manipulación de los poderosos y que, al mismo tiempo, una vez puesta en marcha, resultase imparable por estos. Sin interés por una fama personal que todos ellos ya tenían reconocida en sus respectivos campos, acordaron trabajar juntos desde el más estricto anonimato intercambiando información en un discreto blog, en el que pronto se hizo explícito que para pacificar el mundo había que promover antes un cambio del sistema económico global. Y desde ese blog, Recetas para un mundo mejor, se conjuraron, como si tal cosa, para hacer pública su propuesta a través de la red.
El efecto probablemente ni se lo esperaban. Cuando la idea fue desvelada, muchos intelectuales parecieron renacer de las cenizas de su pesimismo, sumándose a las incontables adhesiones de gentes de las clases medias que creyeron vislumbrar el sueño de evitar el fin del mundo. Las legiones de marginados del planeta tan sólo recibieron el eco de que unos cuantos privilegiados que ya lo tenían casi todo querían desafiar a quienes eran aún más ricos que ellos. Y entre la indiferencia de los pobres y el entusiasmo de las clases medias se produjo un clamoroso silencio de quienes podrían haber amplificado fácilmente su opinión en contra del proyecto. Los magnates del mundo evitaron pronunciarse. Alinearse a favor habría significado que estaban dispuestos a renunciar desde ese momento a sus desproporcionadas riquezas, pero posicionarse en contra habría supuesto desafiar a la inmensa mayoría para justificar lo injustificable, que deseaban mantener sus intereses personales por encima del sufrimiento de los demás. Sin embargo, superado el trauma de partida, un pequeño grupo, y entre ellos algunos de los poderosos nuevos filántropos que estaban transfiriendo parte de sus fortunas al tercer mundo, se declararon a favor del proyecto, provocando una auténtica convulsión en las bolsas y una tensa expectativa de los acontecimientos.
Tan entusiastas y amplias fueron las primeras respuestas que para evitar perder el control sin que llegasen a concretarse, los originarios conjurados Graco se vieron obligados, tan sólo un par de meses después, a organizar la información del blog en dos grandes procesos paralelos: la difusión del proyecto y el control de los recursos disponibles para canalizar el cambio. Desde el lanzamiento de la idea llovieron aportaciones de colaboración para trabajar en ambos procesos y todas fueron muy bien recibidas. Se necesitaban informáticos para blindar las comunicaciones frente a los posibles ataques de los crackers, que previsiblemente serían feroces, y gestionar el registro de personas que se sumaran activa o pasivamente a la idea; traductores, para difundirla hasta el último rincón del globo; abogados, que pudiesen garantizar que todas las acciones respetarían estrictamente la legalidad y gestionar los posibles incumplimientos de contrato; economistas que conociesen los entramados del poder para actuar donde las grandes fortunas fuesen más vulnerables… Había trabajo para todos sin que se exigieran requisitos difíciles de cumplir. Para estar en el corazón del cambio en el mundo lo único necesario era figurar en el Registro Graco y disponer de una pantalla conectada a la red.
Los expertos informáticos diseñaron y actualizaron los programas para el reparto eficiente de las tareas, llevaron el control del registro de quienes estaban dispuestos a renunciar a tener más de un millón y coordinaron al aluvión de voluntarios que se sumaron al proyecto. Y en contra de lo que habían previsto los críticos al proyecto, la productividad de aquellos trabajadores voluntarios de vanguardia era sorprendente. Colaborar con el Registro Graco, en un ambiente libre de ambición, parecía un incentivo mayor que todas las riquezas del mundo.
El límite de acumulación de la fortuna individual, establecido en un millón de dólares, fue objeto de muchas discusiones. Para los partidarios de una mayor justicia social, resultaba una cifra demasiado alta. Sobre todo porque el cálculo propuesto por Graco se hacía por persona. Así, una familia de cinco miembros, con cinco millones de patrimonio, podría seguir disfrutando de un bienestar realmente insultante para los desposeídos del mundo. Además, no hacía falta demostrar vínculo alguno con quienes se compartiese el patrimonio. Era posible crear libremente sociedades conjuntas de bienes compartidos donde se diluyesen las propiedades personales, a condición de que si se superaba el límite global, todos y cada uno de los miembros de la sociedad quedaran excluidos del Proyecto Graco y asumieran las duras condiciones para reincorporarse de nuevo a él. Más valía controlar entre todos que el límite no fuese nunca rebasado, pues una vez expulsados del Registro, los infractores debían padecer las consecuencias: sufrir los ataques redoblados de los Graco o bien reincorporarse al proyecto asumiendo que su nuevo límite patrimonial sería la mitad del anteriormente firmado, al menos hasta que hubiesen transcurrido diez años. Era importante garantizar que el Registro Graco no fuese utilizado por oportunistas que entrasen y saliesen de él con el fin de burlar a la organización y seguir enriqueciéndose.
Los registros alternativos, donde el límite voluntario de los recursos quedaba reducido a la mitad o incluso hasta a diez veces menos, acabaron con el tiempo incorporándose al Proyecto Graco, pues aunque este era menos equitativo como sistema de redistribución, el límite del millón tenía una gran ventaja sobre los demás: permitía acelerar la recuperación del ecosistema planetario, una cuestión inaplazable y urgente más allá de discusiones sobre justicia social, propiciando la incorporación al proyecto de colectivos con poderosos medios materiales y formación que pudiesen combatir al auténtico enemigo, los grandes capitalistas. Una gran proporción de seres humanos, jefes y ejecutores a la cabeza, seguirían anteponiendo sus intereses particulares a los de la humanidad aun habiendo firmado en el Registro, pero el ineludible compromiso que deberían asumir al acercarse al límite de acumulación, garantizaría la radical transformación de su ambición individual en un esfuerzo conjunto para el triunfo del proyecto. Gracias al límite del millón, infinidad de pequeñas y medianas empresas pudieron inscribirse en el Registro Graco dividiendo el excedente patrimonial entre sus empleados; y muchos filántropos millonarios aprovecharon tan alto límite para seguir operando en sus propios proyectos, una vez reconvertidos e incorporados al servicio público. No tenían más que repartir su fortuna entre sus inmensas plantillas de trabajadores o reinvertir las ganancias en la propia empresa. Perderían su patrimonio, pero seguirían manteniendo el control de sus antiguos negocios a menudo creciendo más deprisa que antes y siempre ganando en prestigio y en reconocimiento social.
Todavía sería posible mantener gastos caprichosos si se disponía de ingresos de renta elevados, pues el límite de los Graco sólo afectaba al patrimonio. Los Graco habían propuesto implantar un impuesto global sobre la renta muy progresivo, que absorbiera prácticamente todas las ganancias adicionales a partir de una cantidad, pero no les pareció necesario imponer un límite a las rentas. Creían que los ingresos elevados facilitarían los flujos de distribución del dinero y que antes o después, los consumidores compulsivos, sin poder hacer ostentación de sus propiedades ni recibir admiración o envidia de nadie, acabarían aburridos de gastar y disminuirían su tren de vida. O bien, continuarían buscando socios con quienes poder compartir y registrar más amplias fortunas conjuntas. Los Graco confiaban en que las fortunas compartidas no llegarían a convertirse en un nuevo poder que actuase por sus propios intereses en contra del proyecto, pues a mayor número de socios mayor era también el riesgo de quedar excluidos del Registro si alguno incumplía la Ley Graco. Cuando el número de socios alcanzaba los dos dígitos, las sociedades de propiedad compartida eran demasiado arriesgadas, por lo que la unidad económica básica más generalizada siguió siendo la familia o pequeños grupos de no más de diez personas. Para los grupos mayores, aunque también existieron, el control interno para no rebasar el límite agregado de cada millón de sus socios se hacía demasiado dramático.
La palabra clave que facilitó el éxito del proyecto Graco fue la transparencia. La “glasnost”, que intentaron aplicar algunos dirigentes soviéticos para dejar atrás el fracasado sistema comunista, impotente frente a sus propias contradicciones y al capitalismo de las multinacionales. Pero la Transparencia de los Graco se aplicó radicalmente, sin concesiones. Se proscribieron los derechos a la intimidad del dinero, la gran hipocresía del sistema que había consentido que los depredadores más corruptos y sanguinarios del planeta encontrasen apoyo logístico en paraísos fiscales de opulentas economías europeas.
Todos los seres humanos tuvieron derecho a conocer hasta el último detalle de las posesiones de sus semejantes. En la inabarcable red de información del Registro Graco, todo se podía cuestionar o discutir, hasta los asuntos que habían sido reservados en el pasado a los servicios secretos de los estados nacionales. Y esa red de información transparente al alcance de todos, demostró ser muy efectiva frente a los sistemas donde imperaba el secretismo y la corrupción. Cualquiera podía acceder a las cuentas de las empresas del Registro Graco o a cualquier otra información que no entrara en el estricto ámbito de la intimidad personal. Y gracias a la transparencia pronto estuvieron al frente de los proyectos de cambio los cerebros más capacitados. Como resultaba consustancial a los seres humanos, las luchas por el poder siguieron sucediéndose, pero con el poder económico limitado lo que estuvo en juego fue la capacidad de introducir mejoras que acelerasen el cambio global, pues la competencia se resolvía con razonamientos y acción democrática.
La Transparencia conseguiría desalojar del poder a las élites de la política. Los gobernantes y diplomáticos, que viendo peligrar sus fortunas se lanzaron a todo tipo de campañas para desprestigiar al Registro Graco, pudieron ser fácilmente desactivados cuando se hizo público que lo que se ocultaba detrás de sus argumentos apocalípticos no era más que el archiconocido cáncer de la ambición. La Transparencia sirvió también para desmantelar las redes terroristas, que siempre dejaban tras de sí un rastro de corrupción difícil de ocultar cuando el mundo se vio invadido por los Graco hasta el último rincón. Los círculos próximos se revelaron como la mejor forma de derrotar a los conspiradores. Cerca de ellos siempre había un joven diplomático idealista, un honrado modesto empresario o un terrorista arrepentido que podía proporcionar al Registro Graco la información necesaria para acabar con las redes de la resistencia... Allí donde hubiese llegado Internet, sería posible saber quiénes se resistían a renunciar a la ambición, y en cuanto fueran detectados por el Registro Graco se les pondrían difíciles los negocios.
Para distribuir estratégicamente las tareas prioritarias que impulsaran el Proyecto, se creó un departamento informático en el Registro Graco que con el tiempo sería el más poderoso, el Asignador Mundial de Recursos de Emergencia. El Asignador, con el asesoramiento de la red de cibernautas libres, diseñaba y rediseñaba el cambio, integrando sus pilares estratégicos en las tareas más cotidianas. Si una empresa debía reconvertirse, el Asignador solía proponer su entrega a los trabajadores para que votasen democráticamente un nuevo equipo de gestión. En otras ocasiones sugería que fuese gestionada por algún Graco voluntario especialista en el sector. No había angustia si no se acertaba a la primera en el tratamiento de choque o en la selección del equipo humano. Con el tiempo, la democracia y la Transparencia ponían a cada uno en su sitio, porque la lucha por el poder ya no estaba condicionada por el poder del dinero, sino de la inteligencia, el trabajo y la eficacia. El Asignador, salvo en casos urgentes o extremos, dejaba plena libertad para seguir o no sus recomendaciones, confiando en que los Graco que no las siguieran, por estimar otras tareas prioritarias, no estarían movidos por la ambición y por tanto seguirían colaborando con el cambio a su manera. Sin embargo, sus sugerencias, difíciles de rebatir con argumentos convincentes, eran seguidas en más de un 80% de los casos, un porcentaje más que suficiente para acelerar organizadamente el cambio mundial.
Las aportaciones económicas que comenzaron a llover en cuanto se puso en marcha el Proyecto Graco fueron destinadas por el Asignador a una Fundación. Más tarde, cuando se incorporaron masivamente empresas y personas al proyecto, el Asignador concentró sus esfuerzos en repartir las tareas de transformación prioritarias. Y por fin, cuando la marea del cambio se hizo imparable, el Asignador había distribuido recursos en cualquier actividad imaginable, grandes negocios o microcréditos, fabricación, distribución y venta de bienes, pensiones, sanidad, agricultura o transporte, inmensos servicios no lucrativos como la erradicación de pandemias, el abastecimiento de agua o las urgencias alimentarias. Paradójicamente, el organismo más influyente y poderoso del planeta, el Asignador del Registro Graco, no tuvo nunca propiedad alguna. Se limitaba a sugerir las acciones prioritarias de actuación, que además eran voluntarias, pero no contar con el aval del Asignador o moverse al margen de la ley Graco significaba encontrarse frente a millones de activistas que boicotearían los negocios e intentarían a toda costa hacerse democráticamente con el poder de la sociedad rebelde. Sólo las compañías con estructuras de poder monolítico, sin democracia en sus consejos de administración, podían verse libres de las presiones de los Graco, pero a la larga no podrían sobrevivir en un mercado de opositores cada vez mayor.
Con sede virtual en cualquier lugar del mundo, sin propiedades y con una estructura sin jerarquías, el Registro Graco sería una auténtica pesadilla para los poderosos. Cada ordenador en manos de un Graco era un amplificador libertario del cambio planificado, y cada intento de ataque se transformaba en nueva propaganda fresca para la idea. Por Internet se divulgaban los nombres de quienes desafiaban al proyecto, que rápidamente se convertían en objetivos prioritarios a desactivar. Si este era una empresa, los Graco infiltrados comenzaban por reivindicar la democracia en las decisiones. El nombre y la marca de la empresa quedaban expuestos a la crítica mundial, recibiendo recomendaciones que poco tenían que ver con la maximización del beneficio. Reducir la emisión de contaminantes, elevar los salarios de los empleados, unirse en estrategias para la erradicación de la pobreza,... A partir de ahí, el proceso tendía a acelerarse. Serían previsibles las dimisiones en cadena de la cúpula dirigente, nuevas incorporaciones de Graco entre los directivos y finalmente la aniquilación de la resistencia. Desde ese momento el Asignador podía disponer de un nuevo peón para continuar poniendo orden en el mundo. Así, el Registro Graco no paró de incorporar grandes y pequeñas fortunas que distribuía el Asignador a los sectores prioritarios. Resultaba realmente difícil oponerse a una organización que aunaba gobiernos nacionales con organizaciones multilaterales -que volvían a ser pujantes-, grupos de presión, ONGs y, sobre todo, enormes masas de consumidores en todo el mundo que dirigían estratégicamente sus hábitos de consumo, boicoteando cualquier mercancía o servicio que no tuviese las bendiciones del Registro Graco.
Tres años después del lanzamiento de la idea, en 2020, los Graco en el Registro eran más de doscientos millones de personas. La posibilidad de hacer realidad el sueño del cambio estaba al alcance de la mano. El Proyecto Graco había calculado que un 5% de personas registradas sobre cualquier población, supondría la fuerza de ignición suficiente para promover un grupo político que se hiciese democráticamente con el poder. Daba igual que fuese de izquierdas o de derechas con tal de que todos fuesen Gracos. Algunos países, como Francia o Argentina, donde Jonás coordinó la difusión de la idea, habían superado ampliamente ese umbral de militantes convencidos que serían además convincentes partidarios del cambio. Y en todos los países del mundo hasta los ejércitos, las jerarquías religiosas o los partidos políticos tenían infiltrados en sus filas a un significativo porcentaje de opositores en la sombra. Un enemigo en casa difícil de combatir cuando le llegara su momento a cada organización.
Adiós a los Estados
Los Graco ganaron las elecciones en Francia, el 1 de abril de 2023. Cinco años y medio después del lanzamiento de la idea en el blog de Recetas, el pueblo tomó de nuevo las calles de París para celebrar la última revolución, que un partido político libre de millonarios se alzara con el poder. La Presidenta del primer Gobierno nacional del nuevo mundo, de familia de origen argelino, era la más joven entre sus ministros, veintidós años. Pero lo más sorprendente fue que no se produjo el cataclismo vaticinado por los voceros de los poderosos. A Francia le costó sobreponerse sólo unos cuantos meses al impacto de ser la avanzadilla del experimento mundial. Desde luego, la victoria de los Graco tuvo como consecuencia la huida inmediata de muchos capitales, sobre todo norteamericanos, pero también produjo la adhesión masiva del resto de los Graco, convencidos de la importancia de mantenerse unidos hasta que todo el planeta estuviese preparado para el cambio.
Cualquier medida de los poderosos contra el nuevo gobierno francés era duramente contraatacada por los Graco. La más importante multinacional norteamericana del automóvil, que cerró sus plantas en Francia tras el revolucionario triunfo electoral, estuvo al borde de la quiebra por el boicot que los Graco promovieron contra ella en todo el mundo. Pocos años después, habiendo aprendido la lección, esa misma empresa sería la primera en sumarse al cambio que promovieron los Graco para el sector, la nueva era del automóvil de hidrógeno.
El gran salto adelante que necesitaba la vanguardia francesa lo produjo la incorporación al proyecto de la empresa de informática del hombre más rico del mundo, que tan sólo tres semanas después del triunfo de los Graco en Francia, trasladó allí su sede social. Desde dos décadas antes, había estado transfiriendo fondos de su exitoso negocio hacia una fundación que estaba luchando con eficacia contra las enfermedades endémicas y construyendo infraestructuras y servicios para propiciar el desarrollo en África. Ahora estimaba más interesante entregar sus esfuerzos al sector público de aquella gran potencia económica para aumentar exponencialmente el resultado de sus esfuerzos filantrópicos. Aunque el sistema ya sabía de las rarezas de tal personaje, causó verdadero impacto mundial saber que la punta del iceberg, el más poderoso de los poderosos, se había entregado voluntariamente a la marea de los Graco. Un trozo de hielo muy especial, que aportaría grandes dosis de frescura al sobrecalentado planeta.
Francia tenía contradicciones difícilmente compatibles con el nuevo sistema que se anunciaba, como el extenso uso de la energía nuclear, pero esto también jugó a su favor cuando las multinacionales del petróleo intentaron boicotear el cambio. Tras las últimas pavorosas catástrofes naturales, los expertos climáticos coincidían en que el riesgo de continuar quemando combustibles fósiles era mucho mayor para el planeta que el de introducir masivamente la energía nuclear, aunque fuera de fisión, porque la última generación de reactores podía garantizar unos protocolos de seguridad intachables. En pocos años Francia redujo drásticamente su dependencia del petróleo con un exitoso plan de ahorro energético y aumentando su producción de electricidad de origen nuclear para sustituir por hidrógeno el combustible de los vehículos. Más tarde Francia sería también la vanguardia en la transición al nuevo modelo energético que acabaría con la destructiva era de los hidrocarburos. Allí se instalaron los primeros reactores de fusión, que hicieron posible el viejo sueño de disponer de energía ilimitada y no contaminante.
La solidez del sector público, tan criticada antes por los economistas liberales y los voceros de los poderosos contrarios al cambio, fue otra importante herramienta de cohesión de los Graco en Francia. Los trabajadores públicos, habiendo renunciado antes de Graco a enriquecerse a cambio de tener un trabajo estable, se entregaron convencidos al proyecto. Veían la posibilidad de convertirse en auténticos servidores públicos sin que sus esfuerzos fuesen a parar al capital. En lo que sería la avanzadilla de las nuevas migraciones masivas, muchos de ellos renunciaron voluntariamente a otro de sus privilegios, la inamovilidad en el empleo, para trasladarse a África a participar en proyectos que el Asignador consideraba allí prioritarios.
Dos años después de Francia, España y Portugal tuvieron también sus propios gobiernos Graco. En 2226, los tres antiguos estados nacionales decidieron integrarse en una única Confederación Mundial, bajo el paraguas de Naciones Unidas, cuyo fin último sería la eliminación de todas las fronteras. Un año después, Italia, Grecia y Turquía completaron un arco mediterráneo de donde irradiaría la nueva cultura social, económica y política que se extendería por el mundo. El viejo sueño de una Unión Europea que, de espaldas a los ciudadanos y a trancas y barrancas, tan sólo había conseguido facilitar los negocios de los más ricos, daría paso a una etapa de auténtica unión solidaria más allá de todas las naciones.
Para entonces los votantes africanos se habían tomado en serio la idea. Si conseguían ser gobernados por Graco, la cooperación con aquellos poderosos países de la otra orilla que tanto interés proclamaban en su desarrollo, podría convertir éste en un camino fácil. Así que las siguientes elecciones en Marruecos, Argelia, Mozambique, Angola, Túnez y Egipto, habitualmente controladas por las corruptas oligarquías locales, cómplices de las grandes corporaciones, tuvieron como novedosos protagonistas a los candidatos Graco, que avalados por sus ricos aliados del Mediterráneo consiguieron desalojar fulminantemente del poder a los gobiernos del antiguo régimen.
Los países Graco africanos se vieron rápidamente recompensados. En cuanto los nuevos gobiernos tomaron posesión, el Asignador les transfirió recursos prioritarios de emergencia para abastecer a toda la población. Paralelamente se puso en marcha una cooperación privilegiada, que centró su actuación en infraestructuras, sanidad y educación. Se dotaron escuelas con los mejores medios informáticos y con el personal más valioso y preparado. Se extendió el suministro energético a toda la población con energías renovables, acabando así con las intrigantes maniobras y la rapiña de las multinacionales del petróleo. Se produjeron desembarcos masivos de profesionales, especialistas dispuestos a colaborar en labores de reforestación, suministro de agua, agricultura ecológica, construcción tradicional o reciclaje de residuos, que contribuyeron a sacar del círculo de la pobreza a cientos de millones de personas en muy pocos años.
En 2040 África estaba recibiendo masivamente a los hijos de la inmigración europea que sólo unas décadas atrás debieron abandonar su tierra. Doce millones y medio de europeos del mediterráneo, principalmente franceses, se habían desplazado a las antiguas colonias africanas, entregando su esfuerzo a la construcción de prósperas y solidarias sociedades sobre la pobreza y la desolación. La vieja Europa ejercía de madre bondadosa devolviendo su deuda histórica al continente recobrado y también de paso conseguía amortiguar sus convulsiones y desequilibrios internos, como las fluctuaciones de precios en el mercado de la vivienda, gracias a su proyección hacia el exterior y a la apertura de nuevos mercados de productores y consumidores donde antes sólo habían existido masas hambrientas.
Año tras año el mapa de los Graco fue creciendo transformando la miseria en justicia, solidaridad y desarrollo sostenible. No sólo en África, sino en todo el mundo, parecía haberse desatado una competencia feroz para acabar con el sufrimiento humano. Se movilizaban millones de ciudadanos, dispuestos a cualquier sacrificio para conseguir el triunfo global de los Graco. Orgullosas antiguas metrópolis, como el Reino Unido, que se volcaban humildemente en sus ex-colonias. Países escandinavos que asesoraban y pilotaban la transformación medioambiental, ilusionados con que el mundo reconociese por fin que su modelo económico, hasta entonces despreciado como una exótica anécdota por los gurús del liberalismo radical que habían impuesto sus ambiciosas ideas de globalización, era y había sido el más razonable y eficaz. Los países ricos y poderosos seguían construyendo alianzas con el Asignador para que los más pobres consiguieran un rápido desarrollo gracias al cambio de modelo energético, a las nuevas tecnologías y al aprovechamiento eficaz de los recursos.
En América del Sur, los desfavorecidos pudieron también disfrutar de su momento. La victoria temprana de los Graco en Brasil, Argentina y Colombia se contagió rápidamente por el subcontinente como si la columna vertebral de los Andes y el flujo de los grandes ríos hubiesen reactivado las energías dormidas de sus habitantes, decididos a vencer en la última y definitiva lucha por la liberación. Desactivados los narcotraficantes mafiosos, que nada podían hacer frente a la Transparencia, y con los demagogos revolucionarios y los oligarcas en precipitada fuga hacia EEUU, los Graco se vieron libres para recuperar aceleradamente los inapreciables ecosistemas que hasta entonces parecían condenados a la extinción. América del Sur pasó a ser un estratégico activo ecológico del mundo atrayendo a millones de conservacionistas y visitantes. En 2045, toda Latinoamérica estaba en manos de los Graco. Desde Méjico y las Antillas hasta la Tierra del Fuego se produjo una explosiva transformación económica gracias a la fusión de los esfuerzos con Alemania, Portugal, España e Italia, los países que contribuyeron en mayor medida al éxito en la zona. Como había ocurrido antes en África, las migraciones masivas y en ambos sentidos entre Europa y América llevaron una prosperidad igualitaria a ambas orillas.
En todos los continentes, los países se incorporaban en cascada al nuevo modelo en un proceso irreversible. Cada país Graco ofrecía lo mejor de sus tradiciones y su cultura al proyecto de toda la humanidad, con la inmensa mayoría de sus habitantes dispuestos a dedicar su existencia a conseguir un cambio que cada día se hacía más realizable. Todas las generaciones unidas, los mayores sintiendo que por fin podrían morir en paz dejando tras de sí un futuro mejor y los niños y adolescentes criados en un nuevo mundo que tenía como objetivo una coherente justicia y paz global.
China, el gran gigante económico, pudo ver cumplido su viejo sueño de solidaridad colectiva. Todavía vivo el rescoldo de la revolución, con la introducción de la limitación de los Graco fue fácil dejar actuar al pequeño capitalismo más pujante para que el desarrollo tecnológico de las grandes ciudades explosionara hacia el mundo rural. Distribuir flujos y tiempos para el cambio fue allí la labor más compleja del Asignador, pero el resultado pudo comprobarse en pocos años con la rápida transformación ecológica de la agricultura o con la solución al abastecimiento energético mediante la instalación de enormes superficies de huertos solares. Como había ocurrido antes en otros países Graco, los sectores emergentes en los años anteriores al cambio tuvieron un rápido desarrollo. La fabricación masiva de pequeñas manufacturas, la industria textil o los bienes electrónicos de consumo duradero continuaron siendo importantes especialidades de la zona.
Al sur de China también se produjeron rápidos cambios. India influyó decisivamente en la expansión de una paz que se contagiaría hasta Oriente Medio. La entrega de su ejército a las fuerzas mundiales de paz liberó enormes recursos y tecnología para el desarrollo económico. Los laboratorios de investigación, a salvo de egoístas intereses particulares, hicieron de India el principal impulsor de la nueva era de la robótica y la bioingeniería. El Asignador tuvo también allí un papel protagonista, transformando y acoplando los esfuerzos según las necesidades del momento. Europa debió volcarse en la región para compensar los desequilibrios que padecieron las clases medias por la asignación urgente de los recursos a los más desfavorecidos. Pero de nuevo comenzaron a funcionar las recetas económicas anteriores al sometimiento del mercado a las grandes corporaciones. El aumento de la renta de los pobres propició nuevos intercambios ventajosos para todos. También para sus vecinos paquistaníes, que habían renunciado a la escalada bélica entregados al proyecto Graco desde 2036. El respeto a los principios de los Graco y el renacer de una nueva espiritualidad personal que podía inspirarse en cualquier fuente de conocimiento interior provocó el rápido declive de la intolerancia excluyente del fanatismo islámico. La desaparición de las fronteras de la religión propició un intercambio, no sólo económico sino también cultural, que pocos años antes nadie hubiese creído posible.
Irak, Irán, Siria, Líbano. La resistencia al cambio en el mundo árabe fue derrotada simultáneamente desde fuera y desde dentro. El empuje de las mujeres, en rebelión contra su discriminación secular, fue decisivo para lograr un rápido acceso a la justicia y el bienestar. Poco a poco Israel, que para defenderse de sus vecinos se había convertido en la maquinaria bélica más paranoica y agresiva del mundo, se fue quedando aislado, acorralado, pero esta vez por la paz. Fue entonces cuando se produjo el levantamiento de los Graco en Jerusalén contra las élites corruptas del complejo militar, que habían instaurado la dictadura de los ejércitos y del miedo. En 2048, los muros sionistas cayeron como décadas atrás habían caído los de Berlín, y el reencuentro de los judíos con sus vecinos musulmanes, tras más de un siglo de odios y enfrentamientos que parecían irreconciliables, fue aún más emotivo. En diez años más la región sería un próspero motor de la paz en el mundo, gracias al empuje de sus pueblos unidos y a la rápida reconversión de la enorme industria bélica del antiguo estado de Israel.
Australia, Indonesia, también Japón, que tardó tiempo en reaccionar, pero que cuando se sumó al mundo Graco se convirtió en una de las más eficientes maquinarias para el cambio. Las robustas redes organizativas de las antiguas corporaciones fueron un importante aliado del Asignador para impulsar el cambio en todos los sectores, especialmente en el de las nuevas tecnologías.
La transformación de Rusia fue también inevitable. Sus gobernantes, el último reducto de las mafias y la corrupción, que habían salido adelante chantajeando a Europa con unas reservas de gas cada vez más innecesarias, no encontraban enemigos a los que combatir. Los ordenadores de bajo coste se habían popularizado en los años veinte en todo el mundo y también allí, articulando una red anónima de opositores imposible de escarmentar o exterminar con asesinatos selectivos, como había sido antes la práctica habitual. Al gobierno de los magnates de los hidrocarburos le resultaba difícil controlar la situación. En 2034, viendo cercados sus negocios y en abierto desafío a toda la comunidad internacional, se animaron a lanzar una bomba atómica sobre un pequeño pueblo rebelde de una de las repúblicas secesionistas que se habían sumado a los Graco. Aunque los muertos no fueron más de tres mil, el mensaje fue muy claro. Como aquella bomba de destrucción limitada, otras más mortíferas podrían exterminar ciudades o naciones enteras si insistían en desafiar al poder establecido. Pero el efecto de la amenaza fue justo el contrario. Millones de Graco exigieron valientemente en las calles de Moscú, frente a los tanques, una urgente convocatoria electoral, que finalmente consiguieron gracias al apoyo de cientos de millones de activistas en Internet. Aquellas elecciones terminaron por decidir la adhesión de Rusia y después, en cascada, de toda la antigua URSS, al proyecto Graco. El Asignador se encargó de promover la desactivación y reconversión urgente de los arsenales y laboratorios bélicos ex-soviéticos, dejando tan sólo un modesto ejército, muy especializado, que se incorporó a las fuerzas mundiales de paz. Aquella bomba de advertencia fue la última de la siniestra era de la disuasión nuclear, aunque no sería la última en la historia del horror humano.
Como a la antigua URSS, a EEUU le costó más tiempo rendirse ante el nuevo sistema. El capitalismo de las corporaciones tenía bien hundidas sus raíces en el antiguo régimen. Ejércitos imperiales, amenaza nuclear, escalada armamentista -incluso entre los propios ciudadanos-, desprecio por los derechos humanos y las instituciones internacionales, política de chantaje y corrupción... Los Graco tenían una ardua tarea por delante para desmantelar aquel elefantiásico sistema económico y político, pero contaron a su favor con la transparencia de su organización. El gobierno norteamericano difícilmente podía luchar contra una estructura horizontal donde no había jefes a los que corromper, ni secretos con los que negociar, donde todo se sabía en cada instante, y donde hasta un modesto campesino asiático podía tener más poder de convicción, y por tanto más poder real, que el mismísimo presidente de los Estados Unidos.
La cúpula del poder estadounidense asistía desconcertada e impotente a la toma de la opinión pública por los Graco, sin encontrar la forma de combatir a un enemigo invisible. Ya no era fácil espolear a los votantes contra malvadas dictaduras lejanas, pues la democracia de los Graco estaba extendiéndose rápidamente por todo el planeta sin necesidad de los ejércitos. Los adversarios políticos de las antiguas naciones poco a poco iban desapareciendo. Cada vez era más difícil encontrar una coartada para intentar desalojar a las tropas mundiales de pacificación de Oriente Medio, África o Sudamérica y volver a dominar los recursos, pues habían sido convocadas por gobiernos democráticos y contaban con el apoyo inquebrantable de toda su población para defender la verdad, la justicia y la libertad.
Cuando las huestes imperiales fueron empujadas a un combate de agresión contra las tropas de paz de Bolivia, en 2042, la deserción en masa de los soldados norteamericanos hizo caer atropelladamente a su gobierno obligándole a una urgente convocatoria electoral que arrastró finalmente a la superpotencia al mundo de los Graco. EEUU terminó por rendirse ante la evidencia de que no se podía mantener una maquinaria desproporcionada de guerra, llena además de infiltrados Graco, para apropiarse de unos recursos cada vez más obsoletos. El nuevo modelo energético de producción descentralizada hacía inútiles a los ejércitos de la era de los hidrocarburos. Con el triunfo de los Graco, el pueblo estadounidense pudo por fin apuntarse a la pujante prosperidad igualitaria de sus vecinos del norte y del sur, pues tanto Méjico como Canadá se habían sumado entre los primeros países al proyecto de cambio mundial y disfrutaban de un progreso envidiable. Durante algunos años se produjeron todavía violentos conflictos con ciudadanos o incluso poblaciones enteras que se resistían al desarme, pero al final se impuso la cordura. La gran superpotencia del antiguo régimen consiguió encontrar su lugar en el mundo gracias a una rápida reconversión tecnológica. Su alianza con India y China inauguró la exitosa nueva era de exploración pacífica del espacio.
El último bastión de la riqueza y la ostentación en rendirse a los Graco terminó siendo el Estado más pequeño, pero también el más emblemático. La Ciudad del Vaticano debió sucumbir ante la frustración de que su anunciado fin del mundo no llegaba, sino que se consolidaba uno nuevo sin mayores traumas, en paz, en libertad y en justicia social. La Iglesia de Roma seguía empeñada en dominar por decreto las conciencias, pero hacía décadas que había perdido el control de sus fieles. La mayoría de los católicos se habían implicado desde el principio en el Proyecto Graco y venían compartiendo su esfuerzo, a veces muy lejos de su tierra, con antiguos militantes de cualquier tendencia religiosa, ortodoxos, coptos o evangelistas, bahaístas, confucianistas, jainistas, budistas o musulmanes.
El Papa y la curia romana firmaron solemnemente en el Registro Graco en diciembre de 2049. Los tesoros de la Iglesia pasaron a pertenecer a la Confederación Mundial y a los ciudadanos del mundo, que los cuidarían y defenderían como patrimonio de todos y recuerdo de una historia superada, en la que algunos hombres habían intentado manipular las conciencias de la mayoría en beneficio de su propia ambición. Las revolucionarias enseñanzas de Cristo, mucho más cercanas al proyecto de los Graco que a los patéticos figurines enjoyados que pretendían interpretarlas, volvieron para siempre al lugar que les correspondía y del que nunca debieron salir, el corazón de sus sinceros seguidores.
Las nuevas posibilidades de desarrollo de la espiritualidad personal contrastaban con el descrédito en que habían caído las maquinarias de poder de las religiones, que durante siglos habían provocado guerras, fanatismo e intolerancia. En un mundo regido por los principios Graco ya no había espacio para jerarquías dominantes que pretendiesen imponer una única razón. Si alguien creía en algo, aunque fuesen supersticiones irracionales, nada tenía que temer. Siempre que sus ideas no violasen ninguna de las normas éticas de los dos grandes compromisos que todo Graco debía haber firmado, sería respetado. Pero, aún así, la caída precipitada de las estructuras religiosas y el compromiso de salvar el planeta y acabar con el sufrimiento humano más allá de cualquier idea que pudiese distraer de la consumación de ese objetivo, hicieron del ateismo y del agnosticismo las opciones mayoritarias hasta bien entrados los años cincuenta del siglo XXI.
El punto sin retorno
En 2036, el poder económico y político de los Graco parecía invencible. Los Estados Graco suponían entonces más de la mitad de la población mundial y disponían de un único, flexible y eficiente ejército de paz, capaz de repeler cualquier ataque sobre las poblaciones civiles. Los Graco dominaban otro poder desconocido antes en la historia, la inteligencia al servicio de la colectividad. Los mejores investigadores del mundo trabajaban en empresas del Registro Graco. En ellas no se investigaba para hacer negocios, sino para solucionar los problemas del desarrollo, lo que propiciaba que cada pocos años viesen la luz extraordinarios inventos y aplicaciones que aceleraban la estrategia del cambio global. La energía solar fotovoltaica de acumulación masiva, o la tan esperada fusión nuclear, fueron sólo algunos ejemplos de los avances que salieron de los laboratorios de los Graco y que facilitaron la implantación del nuevo modelo sostenible.
Los mejores cerebros, y no sólo del mundo científico, estuvieron desde el principio al lado del Proyecto Graco. Humanistas, técnicos e innovadores de las mejores universidades o expertos cibernautas que aportaron su entusiasmo y sus conocimientos al cambio planificado global, componiendo una inmensa malla de sabios, una prodigiosa máquina de pensar instantánea y colectiva sin competencia posible, con sede social en páginas de Internet al alcance de todos. Y fue esa arrolladora capacidad de imponerse por las ideas a los ambiciosos del mundo, desorientados ante la imparable ofensiva intelectual, la que terminó por desatar su ira brutal y terrible. Amparados en la sombra de la conspiración, el día de las elecciones democráticas en Nigeria, que previsiblemente sumarían el último estado petrolero africano a los Graco, hicieron explotar en Lagos una terrible bomba biológica que segó 380.000 vidas. Afortunadamente, la capacidad de contagio del virus causante de la masacre se extinguió en una semana. El temor a que se descontrolara y pudiese afectar a sus propios creadores salvó del holocausto a los seres humanos.
Aunque los oligarcas pretendieron difundir la idea de que la bomba había sido obra exclusiva de un grupo Graco de la oposición interna que temía perder las elecciones, la Transparencia pudo investigar y divulgar toda la trama corrupta detrás del atentado dejando al descubierto los Estados, los políticos y diplomáticos, las empresas petroleras y de armamento, que habían concertado la matanza. Desde entonces, el mundo no volvió a ser el mismo. Los Graco apretaron los dientes y se juramentaron para aislar radicalmente a quienes no se inscribiesen en el Registro. En el bando de los rebeldes, el horror y la vergüenza empujaron a muchos de ellos a rendirse, reconociendo la imposibilidad de mantenerse neutrales conviviendo entre los asesinos. Como tantas otras veces en el pasado, los seres humanos debieron ver cumplida una grave amenaza para reaccionar frente a ella, pero el hastío acumulado por siglos de matanzas de inocentes terminó por consolidar y fortalecer el espíritu de paz en el mundo.
Lagos, la ciudad de los fantasmas, se convirtió en un importante símbolo para los Graco. En pocos años fue repoblada, sumándose a los otros dos focos principales de expansión de la paz en el mundo, Hiroshima y Bophal. Ambas se habían especializado en la detección temprana de conflictos y en la coordinación de intervenciones de emergencia. Curiosamente, aquellas tres ciudades dibujaban sobre Gaia una perfecta línea recta, como una advertencia de que el mundo podría partirse por la mitad si seguía abriéndose la herida causada por la inconsciencia y la crueldad de los hombres. Pero, aunque fuese al borde del abismo, la herida se cerró dejando como recuerdo aquellos puntos de la cicatriz. Las tres metrópolis que habían sufrido como ninguna la iniquidad de los seres humanos, velaban en esos días por que el germen de la violencia fuese descubierto precozmente en cualquier lugar del mundo para extirparlo de raíz antes de que pudiese contaminar el sistema.
En 2045, nueve años después de la última hecatombe provocada por el hombre, el 88% de los ejércitos ofensivos del mundo habían sido desarmados y la mayoría de las armas químicas y nucleares estaban bajo control para su desmantelamiento.
El cambio se acelera
Tras la matanza de Lagos, los Graco tomaron conciencia de que había que acelerar la ofensiva contra los religiosos fanáticos que todavía controlaban algún estado, contra los conspiradores más influyentes, ya fuesen personas, gobiernos, compañías petrolíferas o de armamento, y sobre todo contra el terrorismo. El Registro divulgó listas negras de quienes apoyaban o se negaban a condenar la violencia, que en poco tiempo fueron aislados y finalmente desactivados. A menudo caían delatados por sus propios esclavos del terror que, sintiéndose apoyados desde fuera, conseguían romper las cadenas del miedo y la sumisión para denunciar detalladamente las corruptas cloacas de la violencia. La transparencia sin fronteras era siempre la mejor herramienta para acabar con la resistencia. Ya no había montañas ni valles donde la información no fuese accesible y, por tanto, nadie podía estar a salvo de la ofensiva de los Graco.
Con el fin de la violencia, la sociedad se hacía cada vez más eficiente, pues dejaron de desviarse los recursos a un sinfín de inútiles actividades. Todas las contradicciones del antiguo sistema económico, desde las más ocultas hasta las más cotidianas, fueron cayendo como en una cadena de fichas de dominó: educar en la ambición y en la sumisión para después reprochar el desánimo de la juventud y su incultura, destinar enormes presupuestos a la fabricación de armamento y al mantenimiento de unos ejércitos con los que poder arrasar países enteros para gastar a continuación otras inmensas fortunas en reconstruirlos, fabricar costosísimas y sofisticadas armas para la guerra contra el terrorismo, cuando cualquier desalmado podía causar mucho más daño y destrucción con imaginativos inventos y escasos recursos, como había ocurrido con los envenenamientos masivos, incendios simultáneos o reacciones químicas en cadena que habían sufrido Europa y Norteamérica, oponerse a que los desfavorecidos pudiesen paliar su situación con fondos públicos teniendo que gastar un presupuesto mucho mayor para garantizar una imposible seguridad privada para defenderse de ellos, contaminar masivamente para tener que gastar cantidades ingentes de capital en descontaminación de emergencia simplemente para poder sobrevivir, provocar o inventar enfermedades -ansiedad, depresión, obesidad, alopecia, vejez- para engordar las arcas de unas multinacionales de la salud que no tenían interés alguno en paliarlas, residir apiñados en asfixiantes conglomerados urbanos esperando todo el año unas semanas de vacaciones en busca de una tranquilidad que nunca se encontraba en la aglomeración del éxodo vacacional, trabajar duramente para poder comprar un carísimo vehículo contaminante y desplazarse por unas ciudades donde ya no se podía circular más rápido que en bicicleta o a pie, digerir sin rubor el sofisticado anuncio publicitario de un coche de gasolina insertado en el noticiario de televisión entre las imágenes de los cadáveres descuartizados de alguno de los países en guerra por los recursos petrolíferos, hacer ostentación de la riqueza para tener que vivir en un búnker militarizado soñando con el anonimato, alimentar la estúpida vanidad de la fama, alardeando de un lujo y unos gastos inmorales, para después fotografiarse en atuendo deportivo de moda con hambrientos y desesperados, pretendiendo redimirlos con una insultante caridad que por desesperación siempre sería bien recibida, dar lecciones sobre la necesidad de cambiar las cosas desde los más lujosos hoteles, haciendo siempre responsables a los demás del anunciado fin del mundo, como si las propias fortunas pudiesen estar limpias de sangre y corrupción, convivir en las grandes ciudades al calor de millones de seres pero en completa soledad, malgastando el tiempo de la vida en un trabajo esclavo de la inutilidad…
Parecía imposible haber llegado a tales niveles de irracionalidad colectiva hasta que la expulsión del poder de los no-Graco, los hijos de la ambición, consiguió descontaminar la democracia y garantizar que cualquier iniciativa que se desarrollara libremente no tendría como objetivo saciar un instinto depredador, sino contribuir al desarrollo de la especie y al equilibrio del planeta. Con los nuevos proyectos personales, debatidos y difundidos hasta el último rincón del globo a través de la red, los que a diario surgían de los gobiernos Graco y con la ayuda inestimable del Asignador se pudieron ir cumpliendo todos los compromisos pactados: acabar con la contaminación, con la pobreza, con la discriminación, con la violencia, con la injusticia,… Y como resultado de la acción aplicada al altruismo de esas ideas, iba generalizándose un nuevo mundo con mayor contacto humano, mayor tolerancia, respeto y solidaridad.
Año 2060. Un mundo nuevo
Parecían haber pasado siglos desde que Graco se diera a conocer. La desaparición de los pobres había estabilizado la demografía, la población aumentaba en términos razonables en todos los rincones del mundo y la esperanza de vida se acercaba a los ciento diez años. Ahora, la democracia directa era el mecanismo natural de actuación. Desde los asuntos más triviales hasta los más complejos, los proyectos nacían y se desarrollaban con la participación y la opinión de todos los que quisieran intervenir en ellos. La desaparición de las fronteras nacionales y la integración de los antiguos estados en la Confederación Mundial habían diluido los nacionalismos, sin sentido alguno en una dinámica de altruismo, diversidad y gestión democrática siempre cercana a los ciudadanos.
Las mismas instituciones que antes habían sido el instrumento de dominación de los poderosos luchaban ahora por los derechos de los más débiles. Los gobernantes y los directivos surgían de los debates y de las experiencias prácticas más difíciles y solidarias. Los parlamentarios solían ser ciudadanos que habían destacado por haber realizado contribuciones legales importantes al cambio global. Ellos se encargaban de elaborar las nuevas leyes que combinaban la política de lo posible con la utopía de los Graco, que ya había dejado de serlo. El sistema jurídico era cuestionable y cambiante gracias al debate de las ideas, pero las leyes se cumplían y se hacían cumplir mejor que antes. La autoridad era la fuerza de la razón. Siempre se evitaban en lo posible la violencia de Estado y la represión. Los conflictos se trataban desde abajo en una escala progresiva, con la vía coercitiva como último recurso. Salvo para operaciones especiales, los cuerpos del orden iban desarmados y su mejor herramienta de trabajo era la eficaz colaboración que obtenían de los ciudadanos, que les profesaban un gran respeto por su dedicación y prestigio.
La economía seguía rigiéndose por las mismas normas básicas del capitalismo pero, cualitativa y cuantitativamente, el mundo era irreconocible. Las transacciones se hacían en una única moneda, el Yin, y el Banco Global, con sede en Berlín, regulaba sin sobresaltos la política monetaria y fiscal y la actualización más conveniente de los límites del patrimonio y de la renta. La banca privada, que había sido absorbida casi por completo por la pública cuando se puso en marcha el cambio, estaba ahora en expansión, reconvertida y redimensionada para ofrecer una gestión flexible y cercana a las necesidades financieras, y en transformación permanente para adecuarse a los nuevos proyectos. Las sociedades de microcréditos, que habían proliferado como un pilar decisivo para acabar con la pobreza, seguían ahora extendiéndose acompañando proyectos cada vez más complejos.
Algunos sectores, como la minería y la extracción de hidrocarburos, habían caído en picado por la política de reducir al mínimo el uso de materiales agresivos con el medio ambiente. Las nucleares de la antigua fisión habían desaparecido y sus residuos, recuperados de las vulnerables instalaciones o de los fondos marinos en que habían sido confinados en tiempos de chapuza y destrucción, estaban ahora en instalaciones de máxima seguridad. Los laboratorios de los Graco estaban experimentando con un nuevo proceso para eliminar definitivamente la radiactividad y sus científicos aseguraban que en sólo una década sería posible olvidar la pesadilla nuclear.
Como el petróleo, cuya producción era marginal, el agua había dejado de ser un recurso conflictivo. La última generación de plantas desalinizadoras, que no alteraban los ecosistemas costeros ni generaban residuos, gracias a un eficaz sistema de reequilibrio de la salinidad del mar mediante las aguas depuradas, habían conseguido acabar con el problema de la escasez. La energía era también un recurso limpio, seguro y accesible para todos. La fusión nuclear proporcionaba el suministro eléctrico a los grandes conglomerados de población y a las estaciones de servicio de los vehículos ecológicos. El uso de las energías renovables, principalmente la eólica y la solar fotovoltaica, se había extendido también por todas partes, sobre todo en los crecientes núcleos rurales.
Sin las grandes fortunas, las fluctuaciones de los mercados de capitales eran ahora moderadas. La bolsa ya no estaba dominada por las oligarquías de los grandes negocios, sino por cientos de millones de pequeños ahorradores que apostaban principalmente por aquellas empresas que podían acelerar la transformación económica. Había millones de pequeñas empresas cooperativas, que aspiraban a proporcionar suficientes medios económicos a sus trabajadores, pero sobre todo a contribuir en lo posible a la consolidación del nuevo modelo global.